Los esperaba del otro lado de la puerta. Al verlos, comenzó a recitar un extraño poema. Una invocación medieval. Vega lo conocía. Un ritmo propiciatorio para la transformación de los metales. Eva se quedó inmóvil, bajo el marco de la puerta. Tocó el marco con la mano, no era de madera. Cuando terminó el poema le acarició la frente, y le dijo algo al oído.
“Sosiega este metal”.

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