La impresión que te llevas al hablar por primera vez de literatura con Gabriel Bertotti (nacido en Bahía Blanca en 1963 y residente en Mallorca desde 1994), es que sabe más que tú. Después, a medida que lo vas tratando, hablando con él de libros, de tendencias, de estilos y de autores, llegas a la conclusión definitiva que, no sólo sabe más que tú, sino que sabe más que cualquier otro que tú conozcas.

Leí con avidez los veintiún relatos cortos que contiene la recopilación La aventura ausente, que publicó en 2009 nuestro buen amigo Fausto Puerto con el número 2 de su colección Món de Llibres, y constaté, con esa lectura, el inmenso capital literario, poético e imaginativo que ya sabía que Gabriel poseía incluso sin haber leído aún nada suyo.

Ahora, Bertotti nos presenta Luna Negra, el segundo trabajo suyo que sale a la luz y que le publica Ediciones Sol de Ícaro, una editora pollensina anexa a El Gall Editor en el exquisito cargo de Toni Xumet.

No me resulta nada fácil hablar de esta obra, que podemos calificar de novela sólo en base a convencionalismos prácticos, porque Luna Negra es, en mi opinión, un trabajo tan exuberante, tan abrumador, tan sobrecogedor, tan intenso, tan complejo, tan desmesurado, tan sumamente ambicioso, tan descaradamente literario, que sobrepasa los límites de cualquiera de los estilos y las técnicas narrativas donde se la quiera encuadrar. Que nadie que no esté dispuesto a dedicar toda su atención inicie la lectura de esta obra.

En los primeros capítulos, das por supuesto que Luna Negra es una novela porque hay en ella un planteamiento y un nudo, pero a medida que avanzas en la lectura descubres que esa sensación inicial es sólo un espejismo, que Gabriel Bertotti, ni está especialmente interesado en dar verosimilitud a los argumentos que plantea, ni a deshacer ninguno de los nudos que ha ido trenzando, ni a buscar un desenlace sólido y definitivo para la historia. En base a las reglas usuales, la sinopsis de Luna Negra podría ser, más o menos, ésta:

A mediados de la década de los noventa, Eva y Pablo, dos argentinos residentes en España, coinciden en un vuelo de regreso a Buenos Aires. Pablo vuelve a la ciudad porque su padre acaba de morir, y Eva, separada de sus padres y enviada a España desde que era una niña, ha tenido después de años la necesidad de averiguar qué pasó con sus progenitores durante la dictadura militar. Llegados a Buenos Aires, la pareja inicia una peculiar relación entre ellos y también con dos viejos amigos de Pablo: el Gato y el Mono, dos personajes de la más típica fauna de la ciudad.

En principio, Pablo tiene la intención de visitar a su familia, pero lo posponiendo para, con la ayuda de los dos amigos reencontrados, iniciar la búsqueda de los padres de Eva. Mientras, aparece en la historia el Brujo Taboada, un personaje de la narración El sueño de los héroes, de Adolfo Bioy Casares, que en la novela de Bertotti se ha convertido en una persona más o menos real que ha estado esperando los cuatro jóvenes durante sesenta años para vengar el asesinato de su yerno —que tuvo lugar en el carnaval de 1930— y la muerte de su hija, que enfermó y murió del disgusto. Taboada pretende que alguno de estos jóvenes mate en un duelo a cuchillo al asesino de su yerno y causante indirecto de la muerte de la hija, un tal Lagarde, que, como el Brujo, es un personaje de la novela de Bioy Casares que también se ha convertido más o menos en real y que espera con provocativa impaciencia que alguien se atreva a perpetrar la venganza

Aunque está dividida en tres apartados bien definidos, en mi opinión, si Luna Negra fuera una novela al uso, se podría dar por terminada al final de la segunda parte, dado que el último capítulo, “Luz oculta”, más que la convergencia final del argumento o un epílogo aclaratorio, vendría a ser una especie de anexo poético y filosófico. Vamos a razonarlo.

En “Iniciación en el círculo” se tejen las relaciones entre los cuatro protagonistas. Comenzamos a saber cosas de ellos (en desorden alfabético, como diría Mario Benedetti) por comentarios de uno y del otro, a través del viaje sentimental por el paisaje urbano del Buenos Aires de su adolescencia y juventud que realizan Pablo, el Gato y el Mono en compañía de Eva en busca de sus padres, y, también, por unas cintas que grabó Pablo en España y que, entre mate y mate, va reproduciendo a los demás amigos. Por todo lo que nos cuentan, deducimos que todos ellos son conscientes de que no hay sueños a largo plazo, y, sobre todo, que el miedo nivela para abajo; deshumaniza, paraliza, devasta. Que la épica sólo existe en los libros de historia.

“La línea recta” explica el encuentro de los cuatro jóvenes con Serafín Taboada, El Brujo, que, como hemos dicho antes, hace sesenta años que les espera para que uno de ellos mate en un duelo a cuchilladas al Doctor Sebastián Valerga, un pérfido personaje que, según el Brujo, sólo existe para perder la vida en este duelo. Todos los actos de Taboada tienen un único sentido: matar al Doctor Sebastián Valerga, que, por otra parte, es la única manera que tienen ambos de morir del todo, dado que mientras no se cumpla este acto de venganza, Valerga y Taboada continuarán suspendidos en un indefinido laberinto circular del tiempo como dos fantasmas aún con una leve encarnadura terrenal.

Es en esta parte cuando Bertotti introduce en la narración el terrorismo de Estado minuciosamente planeado en Argentina por el general Videla y su Junta Militar durante los últimos años setenta. De una manera muy tangencial y sin ningún tipo de concreción, aparece en la historia la sombra siniestra de los secuestros, las torturas, los asesinatos, las desapariciones y otras implacables actos de represión salvaje e institucionalizada perpetrados durante esta tenebrosa etapa, pero todo y que los personajes son víctimas directas de los restos que quedan aún de la época más virulenta del llamado eufemísticamente “Proceso de reorganización General”, parecen aceptar su desdicha como una fatalidad inevitable, como si casi disculpasen a los tétricos represores, que, después de tantos años, actúan con una desidia de funcionarios desganados y aseguran hacer su terrorífica trabajo “sin odio”.

Y es al finalizar esta segunda parte cuando, a mi criterio, podríamos dar por resuelta la trama, porque “Luz Oculta” —si Gabriel Bertotti, en su inmensa erudición no ha puesto alguna clave secreta que no he sabido descifrar— no actúa como un epílogo, sino como un anexo altamente filosófico, poético y dramático.

Dos de los personajes que ya conocemos, Eva y el Gato, permiten al autor profundizar aún más en el tema del amor, el erotismo y el sexo, y la introducción de un nuevo personaje, un viejo, paralítico y decadente subcomisario de policía que va avanzando de manera inexorable hacia una muerte que adivinación cercana, le da pie a reflexionar filosóficamente sobre la culpa y los remordimientos. Naturalmente Bertotti, en su afán de apurar las situaciones hasta el límite, a ratos, ilustra este intenso poema de amor, sexo y erotismo con descripciones directamente emparentadas con la pornografía, y, también, con la escatología, dado que nos explica con todo lujo de detalles como el escurridizo subcomisario de policía excretando toneladas de mierda mientras intenta alejar a los remordimientos invocando el recuerdo de una amante pelirroja que tuvo en su juventud.

Todo ello mezclado con toques del estilo Blade Runner: una pantalla de televisor donde aparece un militar magro con la nariz grande y un estricto bigote que justifica la represión afirmando repetidamente que “todo fue por amor”, o un pastor evangélico con las manos levantadas hacia el cielo que advierte de manera obsesiva los feligreses que tengan cuidado, porque “Dios no deja de vigilarnos”…

En cuanto a las influencias, la introducción de la geometría, el nombre de alguno de los personajes y la propia trama, desvelan desde el comienzo el homenaje que rinde Bertotti a la divina trilogía argentina Cortázar-Borges-Bioy Casares, pero, atendiendo a la vasta información literaria que maneja, quién sabe qué otras fuentes nutrían el compartimento literario del cerebro de Gabriel cuando pensaba y escribía Luna Negra. Lo que sí se detecta en seguida es su estilo sincopado (como la música de Thelonius Monk, admite él), barroco y apocalíptico (como el rock sinfónico progresivo del grupo inglés Yes, añado yo), obsesivamente fragmentado por una puntuación textual y sintáctica que no siempre coincide con la que usarías tú. En todo caso, la técnica narrativa y el toque poético y filosófico que usa Bertotti nos deja claro desde la primera página que no estamos hablando, precisamente, de literatura de aeropuerto.

No hay que engañar a nadie. Luna Negra es la obra de un escritor comprometido con la literatura que escribe sin condicionantes y obviando las tendencias del mercado. Lo cual no impide que el lector siga con irrefrenable interés y curiosidad las peripecias de los cuatro protagonistas, auténticos crápulas sin hogar, psicológicamente tarados pero aún con una chispa de inocencia y vergüenza, que se mueven por un Buenos Aires caótico y enmudecido donde la buena gente casi no se atreve a salir a la calle.

Tomeu Matamalas

Blog Món de Llibres

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