Leí la novela de un tirón. Avanzando, con el corazón en un puño, a pesar de las espirales que me iban engullendo. Sólo las historias daban un respiro, una bocanada de sentido en medio de la gris y espesa angustia que me generaban los personajes.

¿Cómo podemos sobrevivir en un mundo en el que casi lo único que tiene sentido son las historias que vamos inventando? ¿Cómo llegamos a no ser de ningún lugar a pesar de tener unos orígenes claros, unos referentes, unos amigos ligados al pasado? ¿Cómo podemos llegar a perder la red de relaciones, a sentir que no hay futuro? ¿Como pasamos a sólo compartir historias, sin terminar de conectar con aquellos que eran “nuestra gente”?

Los dos planos de la novela —por una parte, la exuberancia de la imaginación y de las historias del narigón, y por otro, la anomia de los personajes, perdidos en medio de una sociedad en plena crisis, una crisis total, desarticulando, dominada por la absurdidad del mal y su banalización— me generaban una sensación de disociación.

Por su parte, los protagonistas parecen esperar. Esperan algo que les vuelva a conectar con el mundo. Se esperan mutuamente. Esperan la salida del círculo gracias a personajes literarios que, sin embargo, también quedan perdidos en un mundo imaginario que no les deja ni vivir ni morir. La realidad no tiene suficiente sentido, ni bastante definición, como cuando nuestro sistema emocional, en pleno colapso, decide seguir, como si la pérdida de la alegría y la tristeza fueran parte de la etapa, y el vacío nos engullera forzando una supervivencia a base de historias inventadas o de la presencia compensatoria de impulsos primarios: sexo, escatología, violencia, evasión con sustancias psicoactivas…

¿Qué hacer cuando la redención no es posible? ¿Cuando conviertes, por una cuestión generacional, un héroe imposible? ¿Cuando el tejido social se desdibuja entre la miseria de un sistema que no permite la participación? ¿Sólo nos queda la literatura y la pura subsistencia, a la espera de una posible misión que devuelva el sentido a nuestra vida?

El narigón, como una Sherezade postmoderna y psicodélica, es el único que parece encontrar una especie de salida literaria y vital: se presenta como voluntario en un duelo atávico que mantiene en la nada a los dos personajes más puramente literarios del relato y, además, inventa la solución en busca de los orígenes de la protagonista femenina, dejándola libre, preparada para continuar, para poder vivir.

Terminé el libro con la sensación de lucha, una lucha entre la fuerza centrífuga de las historias que parecían querer romper el círculo en el que estaban encarcelados los personajes y la fuerza centrípeta del colapso emocional de una sociedad y de las personas que lo habitan. Cuando la única revolución posible es la literaria, ¿no se convierte ella misma una especie de cárcel?

 

Paula Vicens

 

Blog Món de Llibres

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