Geometría de un naufragio

23 Mayo, 2012

Y de las fiebres que el mar agitado provoca en los hombres. Y de los temporales del alma y los ponientes del ensimismamiento. Y del deseo desgarrado a mordiscos. Y del viaje al interior de uno mismo con la excusa de los demás. Y de morir para vivir. Y del doloroso hecho de vivir, respirar, mirar. Y del hambre.

Él avisa. “Si soportás el mareo y los ajetreos del viaje, es muy probable que puedas vivir ese momento súbito de felicidad.”

Las colillas encendidas de las amargas derrotas de la vida se esparcen aceitosas, dejando pabilos todavía encendidos que horadan los lugares conocidos de cartas de navegación infinitas y ausentes. Y el humo de tanta historia empapa aquella habitación de la que conocimos el cielo raso cercano de La aventura ausente para comprender que aquel sólo era una muestra de la decepción del que sabe que la vida es, sólo y siempre, el camino de la podredumbre infinita y definitiva. Vivir es pudrirse.

Y el inventario de decrepitud e indecencias que configura la geometría de los naufragios se presenta en toda su crudeza —crueldad es un término subjetivo—. Innecesaria para el disfrute o para ganar Juegos Florales. Imprescindible para entender el mundo de los que nacieron para ser adolescentes y jóvenes durante la explosión del Punk más visceral y el Sida más mortífero.

Febril trilogía, que de la capacidad de escribir una gran novela hace un fardo y lo quema. Sólo en el umbral dos concesiones a la sonrisa, la aparición primera del Mono y el encuentro con el dúo de viajeros, y la salida de la cárcel vacilando al policía educado. Sólo en el umbral una concesión a la belleza estética, la pareja de viejos subiendo al autobús y mirando por la ventana —en el fondo, hacemos existir un dios, el de los azares, de la emoción, de la mentira necesaria para huir de la decrepitud cierta, única certeza, de nuevo—. Y eso es todo. En la inmersión en la historia, crudeza. Voluptuosa fiebre hiperrealista en primerísimo plano. La voluptuosidad de la vida, del sexo, de la amistad, de decirse las cosas, de tener una erección ante la cámara, de sentir el esqueje de la carne al abrirse violenta por la inclemencia de un cuchillo tan vital como oxidado. Oímos el cric-crac. Y medio cierran los ojos olvidando que es lectura, como las salpicaduras enormes de un charco empujado por un coche en sentido contrario que impacta violento contra nuestro vidrio. Cirugía a corazón abierto, los médicos meriendan esparciendo las migajas, las manchas del café y las colillas de tabaco negro por encima el pecho abierto con el corazón latiendo a cielo abierto de un paciente que llama y no le sale ningún sonido ni lo oye nadie. Pornografía. Y fiebre, mucha fiebre. Y en medio de todo, entre los restos del naufragio, la frase genial, la palabra exacta, el juego desconcertante de la palabra. El lenguaje es el límite. Y sólo quien domina el lenguaje sabe, y puede, y debe, traspasar los límites. Abrir los campos. Ensanchar. Y resistir el derrumbe de los mundos conocidos expuestos en las paredes maestras.

Quiere ser Bioy o un ruso de aquellos que con frases cortas y coordinadas, de un único y minúsculo verbo, explican todo un mundo. Pero no respira. Corre, jadea. Rata infectada y con sarna encerrada dentro de una pecera que se llena de agua. Y se desliza por el vidrio sucio. Quiere ser Salgari y es Kerouac, Burroughs. Quería escribir arañando profundo, y se hizo llaga.

Barcos hundidos. Monstruos herrumbrosos varados. Enormes ingenios orgullo de la técnica acaecidos símbolos de la futilidad del ser. La podredumbre del hierro como metáfora. La sal marina más violenta que las mismas olas que la escupen.

Posiblemente, el mejor refugio para un náufrago sea una isla que desierta.

 

Toni Gomila

http://fausto.balearweb.net

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